Gabriel Celaya

Gabriel Celaya

(Seudónimo de Rafael Múgica Celaya; Hernani, 1911 – Madrid, 1991) Poeta español, uno de los más representativos de la poesía social de los cincuenta. Cursó el bachillerato en San Sebastián y la carrera de ingeniero industrial en Madrid. En esta última ciudad vivió en la Residencia de Estudiantes, experiencia que dejó en él un recuerdo imborrable. Sus primeras tentativas como poeta no fueron aceptadas en modo alguno por su familia, razón por la cual eligió escribir con seudónimo. Con este nombre, pues, apareció su primer libro de poemas: Marea del silencio (1935).
Su relación con su mujer, Amparo Gastón, fue decisiva a lo largo de su vida. En más de una ocasión, Celaya dijo de viva voz que todo cuanto era como poeta y persona a ella se lo debía. Otro encuentro que influyó en la pareja de escritores fue el conocimiento que trabaron con Jorge Semprún (a la sazón, Federico Sánchez), a través del cual ingresaron en las filas del Partido Comunista. Esa militancia llegó hasta el final de sus días y los marcó para siempre.
El año 1946 fue decisivo en el impulso vital y poético de Celaya. A partir de ese momento desplegó una actividad incesante: es el año en que aparece su ensayo erótico-simbólico Tentativas, y constituyó asimismo el momento a partir del cual dio conferencias, colaboró en la prensa, fundó con su mujer la colección de poesía Norte y tradujo obras de R. M. Rilke, A. Rimbaud, P. Eluard y otros.
Su producción, adscrita a la corriente de poesía social, es la expresión de experiencias colectivas, cargada siempre de un propósito de denuncia para el cual recurre a un deliberado prosaísmo. Autor muy prolífico, de casi un centenar de obras, encuentra su voz propia -un decir sencillo y cordial, humano y prosaico- con los libros Movimientos elementales (1947) y, sobre todo, con Tranquilamente hablando (1947) y Las cosas como son (1949).
En los libros siguientes, reclama y practica una poesía de protesta, instrumento de su compromiso político; es, junto con Blas de Otero y Celso Emilio Ferreiro, uno de los poetas más representativos de la poesía social de los cincuenta: Las cartas boca arriba, de 1951, Lo demás es silencio (1952), Paz y concierto (1953) Cantos iberos, de 1954, De claro en claro (1956), Las resistencias del diamante (1957) y Episodios nacionales, de 1962.
Luego su escritura, aún sin renunciar a los pasados planteamientos, evoluciona y experimenta en cauces nuevos, como el intimista en Cantata en Aleixandre (1959) y La linterna sorda (1964) y el neovanguardismo de Campos semánticos (1971). Entre sus restantes colecciones cabe mencionar Canto en lo mío (1968), El derecho y el revés (1973), Buenos días, buenas noches (1976) y Penúltimos poemas (1982).
También escribió los ensayos Exploración de la poesía (1964) e Inquisición a la poesía (1972) y las novelas Lo uno y lo otro (1962), y Los buenos negocios (1966). A su labor en otros géneros corresponde la pieza teatral El relevo (1963). Entre sus obras más recientes es preciso mencionar las antologías Poesías completas, 1977-1980 (1981) y Gaviota, antología esencial (1990), así como los libros Cantos y mitos (1983), El mundo abierto (1986) y Orígenes (1990).
A pesar de que en 1986 fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, los últimos años de su vida transcurrieron entre penurias económicas que le llevaron a vender su biblioteca a la Diputación Provincial de Guipúzcoa, y a que el Ministerio de Cultura se hiciera cargo del coste de su estancia en el hospital en 1990. – Fuente:

A Blas de Otero

Amigo Blas de Otero: Porque sé que tú existes,
y porque el mundo existe, y yo también existo,
porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo,
gastando nuestras vueltas como quien no hace nada,
quiero hablarte y hablarme, dejar hablar al mundo
de este dolor que insiste en todo lo que existe.

Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse:
El semillero hirviente de un corazón podrido,
los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,
los días cualesquiera que nos comen por dentro,
la carga de miseria, la experiencia —un residuo—,
las penas amasadas con lento polvo y llanto.

Nos estamos muriendo por los cuatro costados,
y también por el quinto de un Dios que no entendemos.
Los metales furiosos, los mohos del cansancio,
los ácidos borrachos de amarguras antiguas,
las corrupciones vivas, las penas materiales…
todo esto —tú sabes—, todo esto y lo otro.

Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo.
La llama que nos duele quería ser un ala.
Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.
Tú, tan serio, tan hombre, tan de Dios aun si pecas,
sabes también por dentro de una angustia rampante,
de poemas prosaicos, de un amor sublevado.

Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:
ese mugido triste del mar abandonado,
ese temblor insomne de un follaje indistinto,
las montañas convulsas, el éter luminoso,
un ave que se ha vuelto invisible en el viento,
viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.

Con los cuatro elementos de la sangre, los huesos,
el alma transparente y el yo opaco en su centro,
soy el agua sin forma que cambiando se irisa,
la inercia de la tierra sin memoria que pesa,
el aire estupefacto que en sí mismo se pierde,
el corazón que insiste tartamudo afirmando.

Soy creciente. Me muero. Soy materia. Palpito.
Soy un dolor antiguo como el mundo que aún dura.
He asumido en mi cuerpo la pasión, el misterio,
la esperanza, el pecado, el recuerdo, el cansancio,
Soy la instancia que elevan hacia un Dios excelente
la materia y el fuego, los latidos arcaicos.

Debo salvarlo todo si he de salvarme entero.
Soy coral, soy muchacha, soy sombra y aire nuevo,
soy el tordo en la zarza, soy la luz en el trino,
soy fuego sin sustancia, soy espacio en el canto,
soy estrella, soy tigre, soy niño y soy diamante
que proclaman y exigen que me haga Dios con ellos.

¡Si fuera yo quien sufre! ¡Si fuera Blas de Otero!
¡Si sólo fuera un hombre pequeñito que muere
sabiendo lo que sabe, pesando lo que pesa!
Mas es el mundo entero quien se exalta en nosotros
y es una vieja historia lo que aquí desemboca.
Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa.

Invoco a los amantes, los mártires, los locos
que salen de sí mismos buscándose más altos.
Invoco a los valientes, los héroes, los obreros,
los hombres trabajados que duramente aguantan
y día a día ganan su pan, mas piden vino.
Invoco a los dolidos. Invoco a los ardientes.

Invoco a los que asaltan, hiriéndose, gloriosos,
la justicia exclusiva y el orden calculado,
las rutinas mortales, el bienestar virtuoso,
la condición finita del hombre que en sí acaba,
la consecuencia estricta, los daños absolutos.
Invoco a los que sufren rompiéndose y amando.

Tú también, Blas de Otero, chocas con las fronteras,
con la crueldad del tiempo, con límites absurdos,
con tu ciudad, tus días y un caer gota a gota,
con ese mal tremendo que no te explica nadie.
Irónicos zumbidos de aviones que pasan
y muertos boca arriba que no, no perdonamos.

A veces me parece que no comprendo nada,
ni este asfalto que piso, ni ese anuncio que miro.
Lo real me resulta increíble y remoto.
Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro.
Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto,
desprendido y sin peso, por lúcido ya loco.

Detrás de cada cosa hay otra cosa que es la misma,
idéntica y distinta, real y a un tiempo extraña.
Detrás de cada hombre un espejo repite
los gestos consabidos, mas lejos ya, muy lejos.
Detrás de Blas de Otero, Blas de Otero me mira,
quizá me da la vuelta y viene por mi espalda.

Hace aún pocos días caminábamos juntos
en el frío, en el miedo, en la noche de enero
rasa con sus estrellas declaradas lucientes,
y era raro sentirnos diferentes, andando.
Si tu codo rozaba por azar mi costado,
un temblor me decía: «Ese es otro, un misterio.»

Hablábamos distantes, inútiles, correctos,
distantes y vacíos porque Dios se ocultaba,
distintos en un tiempo y un lugar personales,
en las pisadas huecas, en un mirar furtivo,
en esto con que afirmo: «Yo, tú, él, hoy, mañana»,
en esto que separa y es dolor sin remedio.

Tuvimos aún que andar, cruzar calles vacías,
desfilar ante casas quizá nunca habitadas,
saber que una escalera por sí misma no acaba,
traspasar una puerta -lo que es siempre asombroso-,
saludar a otro amigo también raro y humano,
esperar que dijeras -era un milagro-: Dios al fin escuchaba.

Todo el dolor del mundo le atraía a nosotros.
Las iras eran santas; el amor, atrevido;
los árboles, los rayos, la materia, las olas,
salían en el hombre de un penar sin conciencia,
de un seguir por milenios, sin historia, perdidos.
Como quien dice «sí», dije Dios sin pensarlo.

Y vi que era posible vivir, seguir cantando.
Y vi que el mismo abismo de miseria medía
como una boca hambrienta, qué grande es la esperanza.
Con los cuatro elementos, más y menos que hombre,
sentí que era posible salvar el mundo entero,
salvarme en él, salvarlo, ser divino hasta en cuerpo.

Por eso, amigo mío, te recuerdo, llorando;
te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;
pensando que soy bueno, mordiéndome las uñas,
con este yo enconado que no quiero que exista,
con eso que en ti canta, con eso en que me extingo
y digo derramado: amigo Blas de Otero.


A veces me figuro que estoy enamorado…

A veces me figuro que estoy enamorado,
y es dulce, y es extraño,
aunque, visto por fuera, es estúpido, absurdo.

Las canciones de moda me parecen bonitas,
y me siento tan solo
que por las noches bebo más que de costumbre.

Me ha enamorado Adela, me ha enamorado Marta,
y, alternativamente, Susanita y Carmen,
y, alternativamente, soy feliz y lloro.

No soy muy inteligente, como se comprende,
pero me complace saberme uno de tantos
y en ser vulgarcillo hallo cierto descanso.


 Cerca y lejos
Más allá del pecado,
indecible, te adoro,
y al buscar mis palabras
sólo encuentro unos besos.
En el pecho, en la nuca,
te quiero.
En el cáliz secreto,
te quiero.
donde tu vientre es combo,
fugitiva tu espalda,
oloroso tu cuerpo,
te quiero.

Dedicatoria final

Pero tú existes ahí. A mi lado. ¡Tan cerca!
Muerdes una manzana. Y la manzana existe.
Te enfadas. Te ríes. Estás existiendo.
Y abres tanto los ojos que matas en mí el miedo,
y me das la manzana mordida que muerdo.
¡Tan real es lo que vivo, tan falso lo que pienso
que -¡basta!- te beso!
¡Y al diablo los versos,
y Don Uno, San Equis, y el Ene más Cero!
Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor,
y aunque sea un disparate todo existe porque existes,
y si irradias, no hay vacío, ni hay razón para el suicidio,
ni lógica consecuencia. Porque vivo en ti, me vivo,
y otra vez, gracias a ti, vuelvo a sentirme niño.


Despedida

Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.

Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.

Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.

Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!

Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.


Égloga
Rubio, fuerte, manso,
triste sin melancolía
como el mediodía,
lento como la tierra,
toscas las manos que parten
el pan y abarcan el seno
maternal de Ceres,
Menalcas apacienta sus grandes vacas rojas
frente al mar: estupor
de luz en la inmensidad.
¡Oh mar, oh campo, oh bestias!
¡Oh siesta, pesadumbre
del cuerpo poderoso que, ahora, inerte,
se cubre como de una enfermedad de cantos
monótonos y vagos,
mientras la tierra sueña,
muge lenta
como una vaca triste que esperara
la fecunda inquietud de las estrellas,
la sagrada
palpitación escondida,
el amante
nocturno que no dice su nombre!

¡Aquí están todas las rosas encarnadas del deseo!
Allí la luna, callada,
Blanca y estéril, mirando,
Espejo vuelto a sí mismo,
Su perfección de narciso:
Soledad en aguas blancas
De lo blanco quieto y frío.

Dura o sin sangre, tranquila,
De está mirando a sí misma,
Mientras rosas encarnadas,
Pulpa y amor, carne viva,
Bajo una brisa caliente
Se desmayan de delicia.

Con los ojos en la luna,
Bajo los pies, rosas rojas,
Estoy esperando, quieto,
Que tú, que yo mismo venga
Sigiloso por la espalda,
Con la sorpresa de un beso
Blanco y verde de silencio,
Que tú, que yo mismo venga
Con un beso
Muerto de puro perfecto.


Cuéntame cómo vives (cómo vas muriendo)

Cuéntame cómo vives;
Dime sencillamente cómo pasan tus días,
Tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
Y las confusas olas que te llevan perdido
En la cambiante espuma de un blancor imprevisto.

Cuéntame cómo vives.
Ven a mí, cara a cara;
Dime tus mentiras (las mías son peores),
Tus resentimientos (yo también los padezco),
Y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).

Cuéntame cómo mueres.
Nada tuyo es secreto:
La náusea del vacío (o el placer, es lo mismo);
La locura imprevista de algún instante vivo;
La esperanza que ahonda tercamente el vacío.

Cuéntame cómo mueres,
Cómo renuncias —sabio—,
Cómo —frívolo— brillas de puro fugitivo,
Cómo acabas en nada


Desde lo informe

Un dulce llanto espeso,
Una delicia informe,
Materia que me envuelve y sofoca magnolias,
Suave silencio oscuro,
Aliento largo y blando.

Las caricias se espesan
(Me derramo por ellas),
Y, voy por el jardín secreto murmurando,
Y, al tocarte, me asombro de que tengas un cuerpo,
Y al lazar la cabeza,
Las estrellas me asustan con su dura fijeza.


Deseada

Deseada, ¡tan suave!,
Confín donde resbalo.
¡Oh siempre un poco ausente,
Suspendida en la nada!

¿Son tus ojos dulces?
No, que está turbado
Tu mirar brillante
De anhelos contrarios.

Yo te amo, te amo, te amo,
Todo lleno de alas tempestuosas,
Y de garras, de furias,
De dolor, por abrirme.

¡Oh, tenme en tu sonrisa,
En tu sombra, en lo leve
De tu mano impalpable!
¡Tenme en tu caricia!

¿A qué llamas cambiando?
¿Qué me pides furtiva?
¡Oh tú, siempre ignorada,
Tú siempre antigua y nueva!

Ven más cerca. No temas.
Tu mano tibia tiembla,
Tu cintura se atreve
Con sobresaltos, mía. ¡Mía, deseada!

Y aún sonríes con ojos
Inocentes y raros.
¡Oh, dime! ¿Qué sugieren
Tus ojos arcaicos?

Cabelleras, torrentes,
Músicas perdidas,
Corazón: esa ave
Que, cogida, tiembla.

Y tú, esquiva, flotando
Desnuda, lenta y suave.
Tú, chiquita, huida
En un cielo sin nadie.

¡Oh dime, deseada,
Cómo hay que abrazarte
Mientras tu boca expira
En la mía, sin habla!

Di si tu remota
Belleza en tu cuerpo
Puedo yo apresarla.
Puedo así matarte.

Deseada, ya basta.
Deseada, no puedo.
Deseada, tú quieres
Que yo muera contigo.


En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata.

La luna es un grito muerto en los ojos delirantes.
Con su nimbo de silencio
Pasan los sonámbulos de cabeza de cristal,
Pasan como quien suspira,
Pasan entre los hielos transparentes y verdes.
Es el momento de las rosas encarnadas y los puñales de acero
Sobre los cuerpos blanquísimos del frío.

En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio;
Los hombres gritan tan alto que solo se oye la luna.

Es el momento en que los niños se desmayan sobre los pianos,
El momento de las estatuas en el fondo transparente de las aguas,
El momento en que por fin todo parece posible.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio.

Decidme lo que habéis visto los que estabais con la cabeza vuelta.
La quietud de esta hora es un silencio que escucha,
El silencio es el sigilo de la muerte que se acerca.
Decidme lo que habéis visto.
En el fondo de la noche
Hay un escalofrío de cuerpos ateridos.


En ti termino
Este objeto de amor no es un objeto puro;
Es un objeto bello, y creo que eso basta.
Bellos son sus brazos, sus hombros, sus senos;
Bellos son sus ojos (¡y qué bien me mienten!)

Deseable, me engaña, o furtiva, resbala
Suave, suavemente, con física dulzura,
O gravita hacia un centro más secreto que el alma;
O duele con un fuego más real que el cariño.

Si la beso, no hablo; si la toco, no creo;
Y me quedo callado mirándola muy cerca,
O me duermo en sus brazos, o me muero en su espasmo,
Y en aniquilarme hallo cierto descanso.


La poesía es un arma cargada de futuro

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
Mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
Fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
Como un pulso que golpea las tinieblas,

Cuando se miran de frente
Los vertiginosos ojos claros de la muerte,
Se dicen las verdades:
Las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
Que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
Piden ser, piden ritmo,
Piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
Con el rayo del prodigio,
Como mágica evidencia, lo real se nos convierte
En lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
Como el pan de cada día,
Como el aire que exigimos trece veces por minuto,
Para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
Decir que somos quien somos,
Nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
Cultural por los neutrales
Que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
Y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
Personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
Y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
Que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
A la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
Con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
Y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
Como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.


La vida nada más

La vida que murmura. La vida abierta.
La vida sonriente y siempre inquieta.
La vida que huye volviendo la cabeza,
Tentadora o quizá, sólo niña traviesa.
La vida sin más. La vida ciega
Que quiere ser vivida sin mayores consecuencias,
Sin hacer aspavientos, sin históricas histerias,
Sin dolores trascendentes ni alegrías triunfales,
Ligera, sólo ligera, sencillamente bella
O lo que así solemos llamar en la tierra.


Momentos felices

Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo
Tirando todo al fuego: poemas incompletos,
Pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
Fotografías, besos guardados en un libro,
Renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
Soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
Y así atizo las llamas, y salto la fogata,
Y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿No es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
—El pitillo en los labios, el alma disponible—
Y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
Mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
Las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
Desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
Y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
Salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿No es la felicidad lo que se siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
Pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
Aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
Y yo asisto al milagro —sé que todo es fiado—,
Y no quiero pensar si podremos pagarlo;
Y cuando sin medida bebemos y charlamos,
Y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
Y lo somos quizá burlando así la muerte,
¿No es la felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
Con el balcón abierto. Y amanece: las aves
Trinan su algarabía pagana lindamente:
Y debo levantarme pero no me levanto;
Y veo, boca arriba, reflejada en el techo
La ondulación del mar y el iris de su nácar,
Y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿No aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es la felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
Y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
Los higos rezumantes, las ciruelas caídas
Del árbol de la vida, con pecado sin duda
Pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
Regateo, consigo por fin una rebaja,
Mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
Y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿No es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
La busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
Me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
Y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
Y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
Sencillamente limpio y pese a todo, indemne,
¿No es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
Me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
“Estaba justamente pensando en ir a verte”.
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
Pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
Sino de cómo van las cosas en Jordania,
De un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
Y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿No es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
Pasar por un camino que huele a madreselvas;
Beber con un amigo; charlar o bien callarse;
Sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
Mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿No es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
Que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿No es la felicidad que no se vende?


Mujer

Esas nubes amadas se hacen al fin estatua.
Si acaricio, doy forma
Y, en el azul, desnuda como una diosa antigua,
Estás tú, sólo bella.

Mas si viene la noche,
Si una brisa te envuelve dulcemente asfixiante,
Vuelves al mar confuso donde tomaste origen,
Ola fresca y sonora que rompe alegremente,
Toda alzada, y luego
Ancha y derramada
Como una madre llega ya al fin de las palabras,
Sonríe piadosa.


Penúltimas palabras

Mientras las estrellas brillan temblorosas,
Te diré una palabra sencilla y antigua,
Palabra siempre dicha, pero nunca entendida,
Palabra que tan sólo de tú a tú comprendemos:
Te amo.

La noche vasta ensancha tu dulce presencia.
Secretamente te hablo retorciendo mi angustia.
Secretamente sufro por algo prohibido
Y es sencillo y terrible como tú si me miras:
Te amo.

La muerte sólo brilla con tranquilas estrellas.
Sus párpados son lentos; su silencio es antiguo;
Sus manos que no tocan me adivinan en sombra;
Su gloria es un secreto.

Regia amante nocturna de senos glaciales,
Cielo de la hermosura más allá de mi dicha
Y mi amor, y mi canto, y mi vuelo más loco,
¡También yo he de callarme!


Perdido de amor

La fatiga, la inmensa
Fatiga de los días repetidos.
(Toda alegría supone
Algo de heroísmo.)

Admirable enemiga,
De ti nazco sufriendo.
(Arder: Así me miento
Un alma iluminada.)

Y vivo de la muerte
Que me das sonriendo,
Y muero en la dulzura
De tu vago silencio.

Amada, amada mía,
Alta llama en el tiempo,
Tú creas melodías
Con pausas y secretos.

Y el hastío se alarga
De pronto en formas dulces,
Y los días se nombran
Según un sentimiento.


¿Quién eres?

Con cambiarte de traje, te cambio también de alma.
(No adivinas mi angustia. No sé casi quién eres.)

Si te revuelvo el pelo tú ríes locamente
Mientras a mí me duele sentirte tan informe.

Tanto puedo variarte que no sé ya que quiero.
Tú puedes serlo todo. Tú eres la misma nada.

Y te ríes, y acaso, si tus labios me buscan
Son sólo una medusa de silencio anhelante.


Salpicada de espuma, de salitre

Salpicada de espuma, de salitre,
Desnuda, desde el mar,
Viene gritando:

La vida, sí, la vida misma:
¡Un delirio por los prados!

Desde mi ventana blanca,
Con los brazos extendidos,
La estoy llamando con voces
De un ardor desmelenado.

Salpicada de espuma, de salitre,
Desnuda, por los campos,
Va gritando.

¡La vida, sí, la vida misma!

Pálido y alto, callado,
La mira pasar llorando.


Tú que sólo eres tú

Mi vicio, mi locura, mi alegría,
¡Todavía muchacha!
Mi nunca suficientemente amada,
Cámbiame los ojos si así quieres,
Pónmelos de ira.
Es lo mismo. Me das vida.


Tus gritos y mis gritos en el alba

Tus gritos y mis gritos en el alba.
Nuestros blancos caballos corriendo
Con un polvo de luz sobre la playa.

Tus labios y mis labios de salitre.
Nuestras rubias cabezas desmayadas.

Tus ojos y mis ojos,
Tus manos y mis manos.
Nuestros cuerpos
Escurridizos de algas.

¡Oh amor, amor!
Playas del alba.


Un día entre nosotros

Yo me siento. Tú te sientes. Nos sentimos,
Estamos juntos. Somos
Terriblemente dichosos,
Como el cielo siempre azul, como el espanto,
Como la luz que es la luz,
Como el espacio.

Si ahora me preguntaran por qué estoy tan contento,
Diría: “Porque soy.”
Y al decirme sería un poco menos.
Si tratara de explicarme surgirían como sierpes
Desenvueltas y en combate mis ambiguos sentimientos.
Pero soy solo. Sí. Soy. Te creo.

Estas aquí, en mí mismo.
Ni te veo, ni te pienso, ni te beso, ni te sueño.
Sólo estás. Estoy contigo. Yo, a tu lado, Tú conmigo.
Estamos uno en otro, tan reales
Que con ser poco, ese poco es ya bastante.
Estamos en lo que somos, de puro simples, totales.

Estamos donde siempre, callados. No hay motivo
Razonable para ser tan ferozmente dichosos.
Pero sacan el porrón de vino, las chuletas,
La ensalada, el Cacciotta ricamente podrido,
El jugo de naranja, los cafés, la ginebra.
Estamos juntos y todo nos sabe por eso a fiesta.

Soy feliz, ¡tan feliz!
Si ahora me levantara saldría por el techo.
Estoy, como se dice vulgarmente, contento.
Vivo, vivo, y contigo
Comprendo que vivir es algo muy sencillo.
El corazón ha abierto su mano y yo deliro.

Me dejo estar. Te quiero. Todo es bello.
Irradio una certeza fulminante.
Soy el alguien tremendo que en ti se basta a sí mismo.
Soy mi absoluta presencia (¿qué pasa?)
Que está aquí (¡perdón, nada!).
Soy contigo y tú conmigo, el imán de los prodigios.

¿Quién creería si nos viera que cada día, obtusa,
La desgracia del mundo de fuera nos arrastra?
¡Amor besa mi muerte! ¡Dolor, sé voluptuoso!
¡Oh tú, Necesidad, pon la burla en mis ojos
Y en pecho ese ritmo de la paz y la guerra
Que son a una el latido fatal de la belleza!

¡Ahora, mi ahora mismo,
Sé límpido y valiente, la alegría ganada
A los monstruos informes, y a lo triste sin alma!
¡Oh tú, mi yo más bello, mi más que yo, mi amada,
Manténme con tus ojos suspenso, nunca grave,
Y sea siempre magia la vida cotidiana!

26 feb 1978 Joaquín Soler Serrano entrevista al poeta Gabriel Celaya, quien repasa su infancia, sus estudios de ingeniero y su paso por la Residencia de Estudiantes de Madrid.

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